Puesto que el cuerpo humano procede, en sus fundamentos, de las energías de la Naturaleza, no es de extrañar que se haya podido generar toda una filosofía, procedente en este caso de Oriente (libros sagrados hindúes), alrededor de estas energías. De esta filosofía y del estudio que por medio de ella se ha realizado del cuerpo etéreo humano, se han producido una serie de conceptos de la energía interior humana que se clasifican en unos flujos energéticos que conocemos como Chakras.
El conocimiento del cuerpo etéreo se alcanza, según la doctrina citada, mediante estados alterados de conciencia y de los sentidos, para conseguir sensibilizarse a otros estados de materia en los que esta se confunde alternándose con energía pura. Estos estados alterados consisten en transferir la consciencia (que habitualmente inunda el cuerpo físico) a otro soporte físico mucho más sutil, en otra dimensión no menos real que la física. Ese soporte físico desconocido lo forman los cuerpos sutiles del ser humano. De ellos y dentro del cuerpo etéreo surgen los chakras, como resultado de la afluencia de energías procedentes de todas las dimensiones del Cosmos (ver Solos en el Universo y la teoría de las Emanaciones), radiando esta corriente vital desde la dimensión etérea de los centros nerviosos que forman la médula espinal, a lo largo de la columna vertebral. Cada uno de los chakras fluye a modo de centro o vórtice que se expande (el término chakra viene del sánscrito y significa rueda), cada cual con sus características propias, pero todos de una gran actividad que causa vibraciones a muy altas frecuencias (muy por encima del espectro visible), aparentando ruedas que giran vertiginosamente por cuyo vórtice o boca fluye continuamente energía que procede de dimensiones superiores. Hemos denominado “corriente vital” al flujo de cada chakra debido a que dan la vida al cuerpo humano, haciendo de enlace entre los diferentes cuerpos: astral, etérico y físico. Es más, el cuerpo físico no podría existir sin el flujo de esta energía. La visión clarividente distingue esta actividad como una neblina gris violeta luminosa, que interpenetra todo el cuerpo humano y un poco más allá, en lo que se conoce como aura. Cada chakra tiene un tamaño que también depende de lo desarrollado que esté el ser donde fluye, aunque el tamaño medio es de unos cinco centímetros de diámetro, con un brillo apagado en el humano vulgar, pero muy luminoso y de mayor tamaño en humanos que han adquirido el control de los mismos.
Cada chakra tiene dentro del vórtice una serie de franjas radiales, asemejando a pétalos de una flor con brillos nacarados, en número característico según el chakra y que coincide para todas las personas. Por ejemplo, los chakras primero y segundo tienen pocos pétalos, y tienen como función transferir al cuerpo dos fuerzas que surgen del plano físico: el fuego serpentino de la tierra, y la vitalidad del sol (ver Las energías).
El primer chakra o chakra fundamental está situado en la base del espinazo y da la apariencia de tener cuatro pétalos de igual tamaño alternando los colores rojos y anaranjados con pequeños huecos entre los pétalos.
El segundo o chakra esplénico se sitúa en el bazo y realiza la función de filtrar y caracterizar la vitalidad que emana el sol. Al filtrarla la divide en siete tipos de vitalidad, una por cada uno de los seis pétalos del chakra, y la séptima a través del vórtice central del chakra. Cada pétalo tiene un color predominante, siendo estos el rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul y violeta, los mismos que los del espectro solar (excepto el añil).
El chakra umbilical está tras el plexo solar y tiene diez pétalos que brillan con tonos mezclados de rojo y verde. Está íntimamente relacionado con los sentimientos las emociones, sobre todo con la ira, que al surgir da un predominio del color rojo.
El chakra cardíaco está situado en el corazón y tiene doce pétalos de color oro brillante.
El chakra laríngeo ocupa la garganta y tiene dieciséis pétalos en los que se alternan el color azul y el verde en tonos plateados brillantes. Como en los demás chakras, cada pétalo es una modalidad de la energía. Los chakras umbilical, cardíaco y laríngeo están relacionados con las fuerzas que recibe el ego a través de la personalidad, usando también ganglios nerviosos del cuerpo denso: el chakra umbilical procede del nivel inferior del cuerpo astral, el cardíaco del nivel superior del mismo astral, y el laríngeo del cuerpo mental.
El chakra frontal está en el entrecejo, y aunque parece estar dividido en dos mitades (una rosada y otra azul púrpura), en realidad cada mitad está dividida en cuarenta y ocho pétalos, resultando noventa y seis en total, lo cual le hace ser un chakra muy especial.
El chakra coronario está en la coronilla de la cabeza y es el que más rápido puede llegar a vibrar, y con mayor brillo. Parece estar formado por todos los colores del espectro pero con predominio del violeta. Tiene novecientos sesenta pétalos y un pequeño torbellino central con doce pétalos dorados. Es el último chakra en aparecer y a medida que su poseedor evoluciona, se va extendiendo por la cabeza, hecho simbolizado por la aureola dorada pintada por los artistas en sus cuadros sobre las cabezas de los santos. Este chakra nace siendo una extensión del doble etéreo, por el que penetra la energía procedente de la dimensión más elevada, pero conforme el humano va encontrando su verdadera evolución, el chakra se convierte en un radiante emisor de energía con forma de cúpula o gorra con una prominencia central que sobresale hacia arriba. Esta característica se puede apreciar en varias estatuas de Buda y Brahma, así como en muchas figuras cristianas. Semeja una corona de rey (lo que sirvió para identificar a los reyes que lo eran por derecho espiritual, cosa que luego se degradó con la imposición de coronas de oro para caracterizar a los reyes de cuna). Los chakras frontal y coronario están relacionados con la pituitaria y la glándula pineal
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