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Sueño y muerte

Para pensar en lo que supone físicamente el sueño para el ser humano, hay que centrarse en la diferencia entre estar durmiendo y estar despierto, y tratar de ver qué es lo que cambia en ambos estados. Lo que es evidente a primera vista es que funcionan gran parte de las funciones del ser, todas las básicas para el sostenimiento vital y algunas funciones motoras, pero aquellas que caracterizan al ser activo están desactivadas: consciencia y voluntad. En el estado de vigilia, aumentan las constantes vitales y los fenómenos que acompañan a la circulación de la sangre y a la respiración se vuelven conscientes, es decir, pueden ser sentidos, comprendidos y manipulados por la voluntad en la mayoría de los casos. Sin embargo, el consumo de energía apenas aumenta un 20% en estado de vigilia. Durante el sueño, las sensaciones externas pasan a ser casi nulas, lo que impide comprender o manipular el funcionamiento del organismo, y hace innecesaria la presencia de la voluntad. Sin embargo, durante el sueño se pueden reproducir imágenes y melodías en nuestra mente con mayor detalle que si las evocamos de nuestra memoria en estado consciente ¿de dónde salen vivencias tan realistas que conscientemente no somos capaces de reproducir? Consultando a los antiguos sabios podemos intuir respuestas a esto.

A niveles superiores, hablando de las dimensiones invisibles de las que habla la sabiduría ancestral, el cuerpo etérico (encargado de la nutrición, el crecimiento, la asimilación) también mantiene las funciones durante el sueño. El cuerpo astral permanece interpenetrando al cuerpo físico durante el estado de vigilia, energizado por la inspiración del aire, estimulando los procesos orgánicos transfiriéndoles vitalidad. Al caer en el sueño, el cuerpo astral se aleja del cuerpo físico hasta una dimensión cercana de modo que recoge el aire expirado por el organismo. Cuando el cuerpo astral permanece en ese estado “exteriorizado” los pensamientos cerebrales se ven obstaculizados por la falta de soporte, mientras que se da paso a los pensamientos cósmicos, creadores y fundamentales del alma propia. Debido a que el cuerpo astral se encuentra en dimensiones superiores, de modo que está desarrollándose su actividad entre nuestra última muerte y nuestro nacimiento actual, al tomar el astral durante el sueño el control de los pensamientos, suelen inundarnos vivencias de esa parte pasada de nuestra evolución; el cuerpo astral nos vierte durante el sueño parte de nuestras experiencias pasadas fuera de este mundo, lo que explica que no recordemos nada o muy poco de estos sueños profundos, ya que no tenemos el soporte necesario en el cerebro para comprender tales experiencias. Así, el sueño es como un retroceso en el tiempo, hacia una conciencia pasada de la que podemos pensar que “ocurrió” pero que en realidad está sucediendo constantemente, pues aunque la conciencia se produce en tiempo real, depende en gran modo de nuestras vidas anteriores en otros mundos físicos y en otras dimensiones superiores: el efecto del legado kármico. Y como nos sentimos seres activos, capaces de controlar nuestras acciones, el sueño no es algo de lo que el humano racionalista e intelectual se sienta orgulloso, pues le considera una pérdida de tiempo, lo que explica el aumento de seres con insomnio en nuestra sociedad actual. Se desea dormir pero no se quiere soltar la consciencia, tratando de llegar con esta a los campos oníricos para seguir usando de ella, impidiendo así la conexión necesaria y la detención de la actividad consciente. Además, el sueño es como entrenarse para la muerte: requiere entrega total y dejarse llevar por él, y no es fácil actualmente que cedamos nuestro autocontrol alegremente. El orgasmo y el sueño son como una pequeña muerte del Yo, breve con el primero y prolongada en el segundo. Por el contrario, el exceso de somnolencia implica falta de actividad y temor a lo que el día nos depara, así como un recóndito deseo de no seguir viviendo, o al menos, de no seguir sufriendo.

La muerte se rodea de características muy diferentes en el cuerpo físico. No se produce ni inspiración ni expiración. Las impresiones ya no entran en la consciencia, ni se generan pensamientos, el cuerpo etérico no se puede alimentar de estos ni de las impresiones exteriores interiorizadas por el cerebro en vida, por lo que para mantenerse en funcionamiento (seguir alimentándose de impresiones), el cuerpo etérico se desapega del cuerpo físico expansionándose hacia el entorno más cercano y llevándose consigo la memoria cualificada por las experiencias almacenadas en vida, que le han servido de alimento y que persisten a modo de torbellinos de energía enrollados en su interior. El éter cósmico comienza a interferir en tales torbellinos debido a que han dejado de ser mantenidos por su dueño, dispersando en todas direcciones los remolinos de memorias, de impresiones grabadas, dando al cuerpo etérico la sensación de que todo crece a su alrededor a la vez que se oscurece, llegando a separarse del cadáver por completo al cabo de varios días. De este modo, el cosmos recoge de nosotros una cosecha de impresiones, una transformación de energías de toda una vida humana. Tal vez el cuerpo etérico sea lo que los chamanes mejicanos llaman “el predador” (como vimos en La unidad de la mente), invasor del cosmos que nos mantiene bajo sus influencias marcándonos la voluntad con sus propios deseos, con el único fin de alimentarse de nuestra energía, para luego regresar al cosmos.

Podemos decir que fundamentalmente existen dos tipos de sueños profundos. El primer tipo nos genera imágenes del pasado (cercano o lejano) que se pueden parecer mucho a la realidad ( a modo de recuerdo) o ser tan diferentes de la experiencia vivida que no somos capaces de asociarlos con la impresión de dicha experiencia (es lo que ocurre con las experiencias grabadas en el inconsciente). El alma captó el acontecimiento pero por algún motivo no fue capaz de fijarlo con el recuerdo. Esta clase de sueños influencian de gran modo el comportamiento del ser durante su vida. Las personas que sueñan con facetas de su vida que sufren en sus sueños importantes transformaciones, son personas con una gran fuerza de voluntad. Aquellas personas que sueñan con su vida tal cual va teniendo lugar esta, sin cambios durante el sueño, o con cambios sin control, sin sentido, son seres sin voluntad. Es por esta clase de sueños que el ser orienta gran parte de sus acciones.

La segunda clase de sueños profundos es la que está formada por aquellos en los que nuestros órganos se encuentran representados por imágenes simbólicas de extraña apariencia. De este modo, el cuerpo astral llama nuestra atención hacia determinado órgano del cuerpo físico, pero lo hace mostrándolo en el estado prenatal, como un proyecto de lo que ha llegado a ser tal órgano en la actualidad. Es una llamada del recuerdo del pasado del organismo.

El reposo del cuerpo físico obliga al resto de cuerpos de las dimensiones superiores a permitir la retirada momentánea del espíritu. Pero el espíritu no se detiene nunca, y realiza incursiones muy rápidas durante el sueño para, en circunstancias especiales, devolvernos la consciencia o hacernos pasar a la total inconsciencia. Ejemplo del primer caso es cuando durante el sueño tenemos frío y nos despertamos para taparnos, o nos golpeamos con algo en la mano al movernos en el lecho y, a la vez, soñamos que nos muerde la mano un perro, durando una fracción de segundo dicho sueño, aunque a nosotros nos parezca que ha durado varios minutos y que la sensación de la mordedura a coincidido con la del golpe de la mano. En realidad todo ha ocurrido rapidísimamente, desencadenado por el golpe en la mano y con el objeto de devolvernos rápidamente la consciencia para descubrir la causa del golpe, como un acto de ayuda a la supervivencia durante el sueño. Ejemplo del segundo caso, cuando pasamos a la total inconsciencia, sucede en los segundos previos a la muerte durante los que desfila toda la vida en un repaso de experiencias, o en el instante de un fuerte accidente, durante el cual se pueden llegar a soñar, en fracción de milisegundos, escenas muy distantes al acontecimiento.

Durante el sueño se producen ciclos alternados de sueño ligero y profundo, que tienen una duración general de alrededor de noventa minutos cada ciclo, en las que también se alternan los que son controlados por el hemisferio izquierdo (fantasía e intuición), con los controlados por el hemisferio derecho (palabra e intelecto). No se ha demostrado que el cerebro descanse durante el sueño o que use la función de dormir para recuperar energías, sino que más bien se mantiene en una actividad con sólo un 20% menos de consumo energético. Tan sólo en los momentos previos a la muerte se produce una reducción importante de consumo de energía y de temperatura en el cerebro, circunstancia que va acompañada de una disminución del ritmo cardíaco, la respiración y la actividad general. Por el contrario, durante el sueño se producen fases de gran actividad, lo cual va en contra de la opinión de que el sueño sea necesario para recuperar o ahorrar energías. Tal vez sea necesario dormir para suprimir tensiones cerebrales. Deseos no realizados, objetivos no conseguidos, frustraciones y fracasos diarios hacen que acumulemos gran tensión en todo el organismo. Este estado de tensión desplaza nuestro estado normal, nuestro centro de equilibrio mental, y el cuerpo físico acude al reposo total para permitir que el organismo recupere el máximo posible de ese estado normal, mediante el abandono de las funciones volitivas en manos de las puramente mecánicas. La sobrecarga paulatina en el cerebro es autodetectada y, al llegar a un nivel determinado, pone en marcha un mecanismo de autorreparación, de reordenación, y el cuerpo cae rendido al sueño al inhibir poco a poco el control consciente. El sueño exige abandono, pérdida del control, pues el simple hecho de querer observar el sueño puede impedir que se produzca. Es como el principio de incertidumbre de Heisenberg: la observación interfiere en el experimento.

Freud dedicó gran parte de su vida a explicar la influencia de los impulsos sexuales en la vida humana. Según él, los impulsos sexuales reprimidos, causantes de tensiones mentales insospechadas, podrían ser borrados o liberados mediante un sueño de carácter sexual, devolviendo el estado relajado tras una simulación debida al sueño. Carl G. Jung llegó más lejos acertadamente al decir que toda la tensión no era exclusivamente sexual, sino de la polaridad y dualismo de la mente humana. El uso de la realidad virtual durante el sueño podría ser empleado por la medicina, en un futuro, para desahogar estados depresivos o represivos en enfermos mentales, según esta teoría de Freud y de Jung. La ciencia se encarga de los avances de la simulación virtual por ordenador, pero también estudia el comportamiento de las redes neurales. Una red neural es el equivalente a las neuronas humanas pero realizado por un conjunto de neuronas electrónicas, imitando el comportamiento de las neuronas humanas. Mediante un sistema operativo adecuado, la red neural se refuerza cuando toma una decisión correcta, y se debilita cuando la decisión es incorrecta. La teoría cuántica define los principios en que se basa la organización de los átomos. En 1982, John Hopfield trató de establecer alguna relación entre las neuronas del cerebro y los átomos de las retículas cristalinas. Cada átomo gira sobre sí mismo, lo cual le confiere la posibilidad de encontrarse en varios estados diferentes: rotar hacia arriba, rotar hacia abajo, y en diferentes ángulos. También la neurona tiene varios estados diferentes: activada, desactivada, pudiendo estar activada con diferentes frecuencias de respuesta. En los cristales sólidos, la mecánica cuántica establece que sus átomos se ordenen de modo que la energía empleada para mantener estable la estructura sea mínima. Según Hopfield, los circuitos de redes neurales también deben buscar su estado de mínima energía, lo cual es la base del “aprendizaje”. También las neuronas cerebrales buscan estados de mínima energía, debido a que aprender a estar en dichos estados proporciona más placer al organismo, permitiéndole permanecer en estados de menor tensión y, por ello, más confortables. Por ello el aprendizaje experimental hace de las neuronas del organismo unas estructuras que buscan estados de mínima energía. Como ejemplo de estado de mínima energía pensemos en una bola que cae por un terreno accidentado, rodando hasta detenerse en un valle del terreno. El valle es la zona de energía mínima bajo la fuerza de la gravedad, y toda la superficie abrupta que incluye valles y picos es una representación de todos los estados activos posibles de las neuronas del cerebro, de modo que cada punto del área montañosa (punto definido por 3 dimensiones espaciales) también representa un estado de la red neural electrónica. Las redes neurales de Hopfield mostraban un comportamiento semejante a las funciones del cerebro, incluso si se eliminaban muchas partes de la red neural tras haber realizado “aprendizajes”, es decir, tras haber posicionado valles en la red neural, implicando esto que los valles actúan como “recuerdos” incluso si estos valles se destruyen parcialmente, pues permanecen estables como estados de mínima energía. Cuantos más valles, más estable la red neural. Cuando los valles crecen tanto que absorben a los valles pequeños cercanos, la probabilidad de caer en el estado de esos valles inmensos es mucho mayor, lo cual hace que el sistema total tienda a caer siempre en los mismos valles. Esto es lo que explica las obsesiones: se siga el camino que se siga, siempre se va a parar a la misma idea o estado neuronal.

Ya vimos antes que los sueños son buenos para mantener estable y libre de tensiones el estado emocional. Es un hecho comprobado que si nos despiertan cada vez que comenzamos a soñar (aparición de las ondas alfa del encefalograma e inicio del estado REM, rapid eye movements), sufrimos un incremento de la tensión emocional, llegando a la irritabilidad violenta aunque se nos permita dormir durante horas. Hopfield descubrió que si en una red neural se acumulaban demasiados “recuerdos”, la cantidad de tiempo usado para acceder a los valles (recuerdos) se hacía muy variable, lo cual introducía inestabilidad en el sistema y se formaban nuevos pequeños valles que no correspondían a ningún recuerdo real. Estos pequeños valles que no representan recuerdos reales en realidad están formados por fragmentos de recuerdos existentes; se llaman “recuerdos espurios” y se corresponderían con sueños del sistema. Hopfield experimentó introduciendo una pequeña alteración en el sistema, de modo que provocaba un cambio brusco en el estado energético del sistema (en el símil de los valles es como si un terremoto hubiera alterado partes del terreno creando nuevas montañas). Dejaba que el sistema se estabilizara hasta alcanzar una nueva situación de mínima energía (equivalente al acto de dormir con sueños) y el sistema recuperaba su funcionalidad, pudiendo acceder a sus recuerdos con la misma velocidad. Por tanto, las tensiones que se generan en el cerebro durante la vigilia suponen “valles” de recuerdos espurios que nacen a costa de recuerdos reales, y deben ser liberadas tales tensiones mediante “terremotos que generan nuevas montañas” entre los estados neuronales del sistema cerebral, para que se recuperen los estados de mínima energía necesarios para “aprender” y memorizar nuevos recuerdos estables. De este modo, podríamos pensar que cada jornada de vigilia creamos todos los recuerdos a base de tensiones neuronales, y para poder tener capacidad de aprender al día siguiente, debemos usar el sueño para deshacer los “valles” creados y dejar los básicos que permiten un recuerdo mínimo y a la vez dejan terreno libre para nuevos recuerdos.

Cuando hemos hablado de los sueños y los dos tipos de sueños, hemos dejado sin explicar completamente aquellos en que nos aparecen simbolizados los órganos del cuerpo. Decíamos que el cuerpo astral llama nuestra atención hacia determinado órgano del cuerpo físico, pero lo hace mostrándolo en el estado prenatal, una llamada al recuerdo del pasado del organismo, el principio de la aparición del ser, cuando el organismo sólo es un proyecto: es el nacimiento a la vida material. Para los ocultistas, cada humano completo está compuesto de cuatro cuerpos que se interpenetran, de modo que cada humano puede llegar a conocer, por experiencia propia, el modo de aprovechar cada uno de ellos, usando para ello el intelecto. Puede ocurrir que un humano tenga en buenas condiciones sus cuatro cuerpos pero no tenga intelecto para coordinarlos entre sí. Y también puede ocurrir lo contrario: demasiado intelecto puede impedir que la experimentación sea genuina y libre de dogmas. El sueño que nos muestra nuestros órganos prenatales nos muestra cómo coordinar estos, o al menos nos adentra en imágenes que debemos tratar de interpretar acerca de nosotros mismos. Pero el cuerpo físico se compone de materia terrestre y al morir debe regresar a la tierra. El segundo cuerpo (el astral) se compone de materia del mundo planetario (ver La consciencia cósmica) y puede sobrevivir a la muerte del cuerpo físico, aunque no es inmortal del todo. El tercer cuerpo no tiene por que poseerlo todo humano, pero si lo posee estará compuesto de materia estelar, lo cual impide que sea destruido por algo del sistema solar: es inmortal en los límites del sistema solar al que pertenece. El cuarto cuerpo es prestado desde lo más profundo del universo y son muy pocos humanos los que lo han podido incorporar a su experiencia. Pero como seres materiales somos perecederos y, como muy bien nos recuerdan los chamanes, nos aferramos al mundo evitando pensar que somos seres con caducidad. Ellos nos aconsejan que debemos aceptar cuanto antes esta circunstancia para hacer manejable la existencia. Es la experiencia de la cercanía de la muerte la que nos produce más sobriedad. Pero el ocultista nos recuerda: el muerto de esta tierra es un vivo en otro plano de la evolución. La avara Naturaleza no permite que sus esfuerzos sean en vano, y aunque cien años de la vida de un ser son poco para ella… son como un grano de arena en la playa: millones de ellos hacen barreras al mar. Por ello, tras la muerte física, el espíritu desencarnado comienza su preparación para el comienzo de una nueva existencia: la reencarnación. Al principio intenta contactar con los más amados en vida, usando los ensueños o los mediums. Pero ello les resulta excesivamente agotador y molesto, por lo que desisten al poco tiempo. Siente que debe prepararse para encarnar otro cuerpo (que para un humano siempre será con características humanas, en este o en otro planeta). Aprende que los minerales le proporcionarán la materia más inanimada de su nuevo cuerpo, y que los vegetales serán parte importante de la formación de su musculatura y algunos órganos, llegando a descubrir también que los animales le ayudarán a formar las neuronas y los nervios. Pero todo ello deberá proyectarlo desde el plano astral, dimensión donde de verdad se produce la evolución, donde se posee la capacidad de dar forma al embrión del nuevo cuerpo.

Tras la muerte, que es indolora excepto para los suicidas, se experimenta una sensación como de navegar por el agua pero sin la densidad de esta (de donde viene el mito de la laguna Estigia y el barquero). Suele durar tres días el tránsito completo desde el ser vivo a cadáver, durante los cuales el espíritu aprende a desprenderse de su vida tal como la conocía y se acostumbra a su nueva dimensión, adaptándose lentamente a la nueva capacidad de ocupar otras dimensiones del cosmos, de acuerdo a sus posibilidades evolutivas. Esto es un despertar a una vida de nuevas dimensiones, en la que se utilizan los órganos astrales, fundamentalmente con dos finalidades principales: participar ayudando a la evolución, y construir el germen de lo que será su próximo nuevo vehículo en el cosmos, en cualquier planeta. Como el espíritu está plenamente consciente de todas sus encarnaciones pasadas, así como de la futura por venir, sabe lo que ha ido experimentando y sufriendo, y lo que le depara el porvenir material, por lo que la reencarnación se producirá a costa de un gran sacrificio del ser que abandona las sutiles dimensiones espirituales. Se convierte el tránsito de la reencarnación en una agonía, tal como la de Cristo: “Eli, Eli, lamma sabacthani” (¡padre, padre! ¿por que me abandonas?) que no es más que una alegoría en la que Cristo representa al espíritu que desciende al mundo material (mundo representado por el símbolo de la cruz con las cuatro dimensiones, una por cada brazo de la cruz) y agoniza al penetrar la densa materia. En ese momento de sufrimiento se ofrecen todas las huestes protectoras para oscurecer la consciencia del nuevo ser renaciente, el espíritu queda esclavizado a las siete radiaciones que caracterizan a la esfera astral que va a ser su inminente destino, y a través de ellas, se une a un planeta de dicha esfera. Eneas se pregunta en La eneida, de Virgilio, cómo es posible que las almas deseen con tanto ardor retornar a esta desgraciada existencia, y la respuesta a esa material duda es que el objetivo del ser espiritual es experimentar para poder evolucionar en las dimensiones superiores, y eso incluye todos los sufrimientos que sean necesarios para retener las experiencias. Aquella alma que experimente el máximo de experiencias para las que su espíritu la hizo descender, será la que mejor aproveche su reencarnación y no necesitará retornar al mundo material para vivir experiencias pendientes. Aquel que huye de sus espirituales designios buscando una vida cómoda y plácida, rodeando o ignorando las experiencias para las que vino a este planeta, deberá repetir en próximas encarnaciones y en ellas no podrá evadir sus obligaciones para con su espíritu, pues será esclavizado con más dureza a la Providencia.

Los suicidas no son reconocidos por la Naturaleza, en general, como muertos. De todos modos, hay varios tipos de suicidas, como:

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los que terminan con su vida por que así estaba determinado por su espíritu (lo cual es su experiencia normal para esa encarnación),

* los que padecen una enfermedad mental y su espíritu está alienado de su cuerpo,

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aquellos que están bajo el control de larvas y otros desencarnados que los utilizan como mediums por su baja voluntad personal y escasa evolución

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una gran variedad de casos particulares marcados por las características de cada ser

pero en la gran mayoría de casos, el suicidio consciente no es considerado una terminación natural de la existencia, y no es liberado su espíritu hasta que llega el día asignado para su muerte natural. Por eso es normal que aquellos órganos que padecieron más durante el suicidio queden minusválidos para la siguiente encarnación, debido a la inacabada experiencia y a la agresión que sufrieron.

La contrapartida del suicidio fue iniciada por los egipcios. Consiste en prolongar la atadura del cuerpo astral para retardar la reencarnación. Inmovilizaban las células del cuerpo físico usando las técnicas de momificación, ligando temporalmente al cuerpo astral mediante uso de ceremoniales, entorpeciendo parte de su evolución espiritual, pues aunque el espíritu del ser momificado volvía a las dimensiones que le corresponden a nivel superior y se sumergía en la naturaleza divina, mantenía parte de su consciencia en el mundo material, lo que le retrasaba en la preparación de su próxima venida.

El retorno a la encarnación sería un círculo sin fin de causas y efectos de no ser por que dentro de cada humano existe la conexión con el espíritu divino. A esta conexión se la llama en la religión cristiana “Presencia interior de Dios”. Para los ocultistas, esta conexión es lo más real que existe en nosotros y la describen como un Rayo de Luz Dorada que procede del Cuerpo Electrónico del individuo, que a su vez se alimenta del Gran Sol Central. El cuerpo electrónico se encuentra a unos tres metros sobre nuestra cabeza y es la conexión más directa con las dimensiones de lo divino. Pero aunque este rayo de la conexión ofrece todo lo mejor, cada humano filtra aquellas radiaciones cuya octava vibratoria le son afines, por lo que no entrará en ninguno de nosotros aquello que nosotros mismos no estemos dispuestos a aceptar del plano divino. Si nuestra idea de la perfección se reduce a comer y dormir, no obtendremos más conexión que la que a ello se refiere. Está bajo el influjo de la dirección consciente del individuo con libre voluntad y consciente de sí, cosa que no ocurre en los otros reinos de la naturaleza (mineral, vegetal y animal no racional). Durante el sueño también podríamos recibir imágenes y melodías, desde el Cuerpo Electrónico, tan reales como si estuviéramos despiertos, pero ocurre muy ocasionalmente y no a todo el mundo. Del corazón del Cuerpo Electrónico fluye una corriente de luz líquida que nos penetra a través de la glándula pineal, e invade los canales nerviosos. A modo de “fuego líquido blanco” (el fluido seminal de la filosofía tántrica) es como la sangre de nuestras venas pero para los nervios. Hace que el corazón palpite y que el cerebro funcione. Dentro del organismo se convierte en el Cordón de Plata. El desperdicio de este fuego líquido blanco a través de los excesos emocionales y el mal uso a que se destina, trae como consecuencia la muerte de la perfecta célula. Al llegar la muerte todo lo divino abandona nuestro cuerpo a través de dicho cordón plateado, dejando a su suerte a la carne. Usando la Luz Líquida en actividades bellas, idealistas y creativas, se reduce su desperdicio. También con el conocimiento consciente y el control de las emociones, pero sin represión de las mismas, evitamos desperdicio. El correcto uso de los deseos es para impulsar la vida con movimiento perpetuo, diferenciando el deseo constructivo de los apetitos humanos. Si no somos capaces de adiestrar nuestros apetitos, el caos y la destrucción serán los que gobiernen en nosotros. Todo sentimiento discordante generado por nuestros deseos, atraviesa primero nuestro organismo partiendo desde el cerebro, antes de expandirse en el universo y regresar a su creador, pero durante ese regreso recoge más vibraciones de su misma cualidad, volviendo más energizado y con mayor poder destructivo hacia su origen.

El paso por la muerte es un modo de recordar a la humanidad que el plan cósmico va más allá de las dimensiones que conocemos, dentro del plan divino, con el que debemos colaborar tanto como nuestros vehículos y circunstancias nos permitan. Cada humano se convierte en aquello en lo que fija su mente, llevando consigo su propio cielo o infierno, siendo su modo de vivir y ver la vida un resultado de los estados mentales y emocionales que genera con su propia actitud, partiendo de unos límites genéticos y de desarrollo del ser. Construimos castillos de arena para erigirnos en reyes de nuestras propias creaciones mentales. También la muerte es resultado de nuestra actitud frente a la experiencia de la vida. Damos prioridad a la actividad externa de nuestra inconsciencia y con ello oscurecemos nuestra corriente vital, hasta hacerla desaparecer para dar paso a la muerte. Nuestra actual manera de entender la vida nos cierra la puerta hacia la perfección, lo cual nos obliga a repetir experiencias en continuas reencarnaciones, por que no queremos entender cual es el verdadero propósito de la vida. El merecido Karma nos acompañará en cada reencarnación: es el equipaje del que no hemos sido capaces de desprendernos antes de emprender cada nuevo viaje. El cosmos no acepta que se disgreguen en su seno aquellas radiaciones que no pertenecen a su objetivo evolutivo, por tanto aquellas acciones fuera del plan divino que hayamos producido quedarán cristalizadas en nuestros cuerpos sutiles, y nos acompañarán hasta que por esfuerzo propio las hayamos purgado, convertido las cristalizaciones en energía compatible con las radiaciones cósmicas… y eso sólo ocurre tras muchas experiencias de consciencia enfocada en purificar nuestro equipaje antes del viaje multimensional a planos superiores.

Existe otro tipo de muerte que no afecta al ser físico como ente material, pero que puede liberar al espíritu hasta un grado que permita a su vehículo entrar en las dimensiones divinas sin abandonar la existencia material. Es la muerte que se produce cuando un humano se da realmente cuenta de que no es nada por sí mismo, sino que todo lo que es, desde lo más externo hasta sus pensamientos más íntimos pertenecen al mecanicismo de las cuatro dimensiones. Es la muerte mental, la de la renuncia al Yo, a la falsa individualidad y a la falsa determinación. Para alcanzar esta muerte liberadora es necesario ser capaz de despertar, aunque sea por breves momentos, del sueño que nos hipnotiza en nuestra existencia cotidiana. Cuando nuestra imaginación nos hace creer que somos héroes, felices, fracasados o triunfadores, Kundalini es la que controla nuestros pensamientos y los centros intelectual, emocional y motor, haciendo que estos se satisfagan con lo imaginario en lugar de con lo real. Esta fuerza interior de la imaginación nos ayuda a soportar nuestro estado, pero si fuéramos capaces de salir de su hipnosis no dejaríamos de buscar una salida.

Mirra Alfassa (compañera de Sri Aurobindo, como vimos en Esperanza de evolución de la humanidad) pudo contar, antes de morir, su propia experiencia de la que deducía que el mal funcionamiento del organismo que conduce a la muerte no es consecuencia de caer en la enfermedad, sino de ser consciente de que la enfermedad está presente. Como si la consciencia fuera atrapada en un estado que hace de la enfermedad presente un enemigo mortal del organismo, y esa concienciación le da poder a la enfermedad para apoderarse poco a poco del cuerpo. Por ello la vida y la muerte son lo mismo, pero la consciencia construye un velo entre ambos estados, y se decanta hacia un lado u otro del velo según la actitud que adopte frente a la enfermedad. Para Mirra la muerte no es lo contrario de la vida, sino un cambio en la organización de las células. Es la mente de las células la que tiene la clave del estado en que la muerte y la vida no se oponen. Las células están viciadas al hábito de la derrota y la muerte, pero si se les enseña a cambiar de hábito, el ciclo vida-muerte se libera de las falsas dimensiones habituales para convertir a las células en una nueva especie que, con cuerpo material o sin él, será la nueva humanidad. Probablemente sea necesario primero desprenderse de la carga material del organismo para poder liberar a las células del hábito de la derrota.

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