El cuerpo físico humano se manifiesta, en lo sólido, en un medio sólido. El cuerpo etérico se manifiesta en el elemento líquido, como acabamos de ver. Pero el humano es un ser sólido, líquido y gaseoso. Y en su parte gaseosa interviene un elemento espiritual procedente del fenómeno respiratorio: el cuerpo astral. Para la vida regular que tiene el cuerpo físico humano, el organismo líquido es sumamente cambiante, móvil. Sólo las imágenes podrían representar al humano etérico manifiesto en el organismo líquido. Pero para comprender al humano astral no son suficientes las imágenes. En la meditación, el aire inspirado sumerge al humano en un estado de conciencia vacía, a consecuencia de lo cual el sistema nervioso es asaltado por el cuerpo astral. El aire inspirado se eleva por toda la médula espinal, y a través del canal raquídeo serpentea hasta el cerebro. Resuena una música interior de la que raramente se puede tener conciencia.
La acción astral, sobre la naturaleza, hace surgir de la tierra la vegetación. En el humano el astral es como un torbellino que procede desde el exterior y se concentra en su interior, por lo que nuestras formas astrales son influenciadas grandemente por el radiante exterior astral. Observando el cuerpo astral de un humano, lo que vemos no es su cuerpo astral del instante presente, sino que vemos el cuerpo astral pasado y hacia el infinito origen. No ha seguido a la persona que observamos, a través de su vida, sino que, anclado en el origen primigenio del ser vivo, se proyecta sobre la estela de sus vidas irradiando desde el mundo espiritual al que pertenece, sin descender al mundo físico, al igual que el titiritero mueve sus cuerdas sin tocar a la marioneta de modo directo, pero las cuerdas en nuestro caso no unen dos puntos del espacio, sino tiempos muy alejados y distintos: el astral y el físico. Cualquier acción surgida desde el cuerpo astral cuando este era sólo del reino del espíritu, provoca una reacción que sólo se manifiesta en el reino físico cuando ha transcurrido el tiempo justo y necesario para ello. El plano astral es por ello el plano de los principios, de las ideas, de la creación primordial, de la siembra de semillas evolutivas. Recibe las impresiones de un plano superior y a modo de intermediario las infunde en la naturaleza física como directrices. En el mundo divino se halla el principio que se impresiona en el plano astral en negativo, y desde el plano astral se crea la forma física obrando sobre la naturaleza. El astral no crea formas nuevas, sino que sirve de molde para las formas ideadas desde el plano superior. Todo lo visible es manifestación y realización de principios e ideas invisibles. Por ello el ocultismo enseña que existe una jerarquía de seres psíquicos, del mismo modo que existe una jerarquía de seres físicos (desde la célula más pequeña hasta el organismo más complejo). Los seres psíquicos de la región de las fuerzas psicoquímicas se denominan elementales o espíritus de los elementos, análogos a los glóbulos sanguíneos, a los leucocitos del humano. Los más cercanos de ellos, los de las capas más bajas del plano astral, obedecen a las voluntades ajenas a ellos, no siendo responsables de sus actos, pero poseen inteligencia. Todos los seres de las jerarquías psíquicas circulan por el fluido astral (formado por una sustancia análoga la electricidad pero con propiedades psíquicas: la luz astral) junto con las inteligencias directoras, formadas por los espíritus de humanos que han sufrido una evolución muy elevada, gracias a que han pertenecido a humanidades anteriores. Presiden la marcha de cuanto evoluciona en el plano astral, y son seres equivalentes a las células nerviosas de los centros simpáticos. Les acompañan entidades dotadas de conciencia, restos de humanos que acaban de morir y cuya alma no ha terminado su evolución: los elementarios. Los elementales son seres que podrán ser humanos en otra evolución futura; los elementarios ya han sido humanos. Paracelso aseguraba que los elementales eran dirigidos por la jerarquía celestial de Escorpión, responsable de la construcción de los cuerpos de la Naturaleza. Siendo el astral un molde del plano superior, se le considera como un espejo en negativo del mundo divino, como el cliché negativo de una fotografía. El ocultismo defiende, además, que el plano físico produce un reflejo a su vez hacia el plano astral, influenciándolo de algún modo. Al morir un humano, su carne vuelve al polvo mineral de la tierra, y el cuerpo astral se libera de la memoria, de la inteligencia y de las acciones terrestres, constituyendo un elementario o espíritu, una entidad dinámica que nada tiene que ver con el Yo que fue en su vida física, y que debe dedicarse a originar la fuente de sus existencias futuras. El alma, después de generar un deseo busca el éter necesario para usarlo sobre el cuerpo astral, que a su vez creará una necesidad sobre el cuerpo material. Si el alma no ve satisfecho su deseo y no renuncia al mismo, se genera una tensión que provoca un torbellino astral sin núcleo que quedará atrapado en otro organismo más capaz que el suyo de realizar lo deseado. Así surge un ser más en el plano astral, una entidad Kama-Manásica (Kama: alma humana sede del deseo; Manas: fuerza magnética, donde la fuerza son seres que, desprovistos de iniciativa, son esclavos de la voluntad de las almas, siendo que la materia no es más que un juego de resistencia de las almas). El ser aparecido está completo, a falta del cuerpo físico que acompañe armoniosamente a sus cualidades, constituyendo en el astral una fuerza potencial dinámica, tan poderosa como el deseo que la ha hecho surgir, que se transformará en fuerza viva cuando encuentre las condiciones apropiadas. Es una entidad inocente, pero ávida de existencia, llegando a tratar de infundirse en cuerpos físicos que ya poseen cuerpo astral propio, pudiendo manifestarse aún así, como en el caso de los poseídos. Estos seres que surgen de un deseo insatisfecho pueden ser creados con un fin determinado, como ocurre con las bendiciones, maldiciones y hechizos. Pero generalmente les falta esa finalidad, lo cual los hace errar en el medio astral, siendo atraídos por deseos, fuerzas o elementos del mismo género. Por ello los pensamientos son seres dotados de existencia propia desde el momento que son exteriorizados. Reunidos por simpatías análogas, se multiplican concentrándose en una resultante común, que llega a tener tanta influencia que se produce una sensación colectiva, más o menos consciente, de que hay una idea en el aire, una moda, una tendencia generalizada, un deseo muy compartido, un presentimiento masivo, etc… resultante que los ocultistas denominan egregor. Gran parte de esos seres o energías fruto del deseo, están caracterizados por proceder de deseos de perfección, de superación, y darán su fruto generando entidades más perfectas en futuras evoluciones. Son el esfuerzo de la naturaleza por elevarse hasta la más alta divinidad, por lo que, en cierto modo, Darwin y Lamarck, cada uno con su manera de pensar, no erraron más que en sus interpretaciones personales de la evolución al centrarse en la herencia material de padres a hijos, pero la idea original era acertada en ambos casos.
El mar astral, que contiene a esta innumerable hueste, está agitado, en todos los sentidos, por movimientos ondulatorios de otra especie. Los actos, las emociones de los seres encarnados, así como los deseos y los movimientos consecutivos de los seres etéreos, producen vibraciones luminosas, caloríficas, eléctricas y, sobre todo, magnéticas, que se propagan en ese medio, desarrollándose sin destruirse; se conservan, en parte, reflejadas por la envoltura del torbellino superior y persistiendo durante un tiempo prudencial según su intensidad y energía. Así los actos que llevan a cabo a la forma etérea, convirtiéndola en materia, tienen una duración finita. La fuerza que los ha creado se esfuma actuando sobre la masa en la que flota; parecen roídas, por decirlo así, por las olas del inmenso mar en que nacen, reabsorbidas por el fuego astral; pero la influencia que engendraron les sobrevive propagada por el estado de vibraciones de un carácter personal, y estas modifican el régimen de ese medio común, creando las líneas de fuerza, las costumbres nuevas y, con estas, nuevos deseos. De tal suerte no hay seres, gestos o actos que no contribuyan, como los pensamientos particulares, a transformar el cuerpo astral del planeta y, por medio de él, las aspiraciones de sus habitantes. De este modo nuestro planeta funciona como una memoria astral. El vidente encuentra toda la historia de otras civilizaciones sumergiéndose en los fluidos astrales. En nuestras civilizaciones antiguas se llamaba sombra a la FIGn astral que evoluciona. Y es por que la verdadera evolución se lleva a cabo desde el plano astral. Durante la estancia del espíritu humano en el plano astral, tras la muerte física, el cuerpo astral unido a tal espíritu se dedica a fabricar el germen de lo que serán, en la próxima reencarnación, sus nuevos órganos físicos, aplicando en esta elaboración todas las experiencias alcanzadas en la espiral evolutiva.
El plano astral también se puede usar como medio de comunicación entre cuerpos astrales. Dos personas que posean cuerpo astral, si han establecido un lazo de unión previamente, pueden comunicarse a gran distancia. El lazo de unión se puede establecer con el recuerdo vívido de la persona a la que queremos comunicar, con objetos muy queridos que se prestan a la otra persona y nos ayudan a recordarla, o mediante la tradición de hacerse “hermanos de sangre”. La sangre establece lazos astrales muy fuertes, mezclando ceremonialmente la sangre de varias personas. Cristo celebró en la última cena una misteriosa ceremonia en la que uso su propia sangre para crear lazos astrales con sus discípulos, que durarían más allá de su muerte. Por ello en realidad no se habla de un cáliz llamado Santo Grial, sino de un cáliz con “Sang Real”, sangre de estirpe real, pues Jesús descendía de reyes.
No todos los humanos tienen cuerpo astral. Su nacimiento y crecimiento se producen por fusión y esto supone un trabajo terriblemente duro (ver Ley de octavas o del siete). No nace obligatoriamente con cada humano, ni es inmortal, aunque sobrevive a varias reencarnaciones, pero puede desintegrarse si no tiene constantes aportaciones por parte del espíritu al que pertenece. Si no vuelve a nacer sobre la materia, el paso del tiempo lo desintegrará. La fusión del cuerpo astral con el cuerpo físico se produce mediante la “fricción” resultante entre las tensiones de todo tipo internas propias del humano. Las tensiones internas se generan por conflictos que generalmente están unidos a sacrificios personales. Dichas tensiones producen cristalizaciones desde el astral y tales cristalizaciones pueden ser correctas y completas, o bien erróneas e incompletas, según las causas y los efectos de tales sacrificios y tensiones. Si la procedencia es egoísta, la cristalización contendrá aberraciones, distorsiones, con resquicios que la fragmentarán, restándole potencial. Si la procedencia es altruista y por el bien de la mayoría, la cristalización será perfecta y los sacrificios y las renuncias dejarán de ser necesarios, pues el resultado es inquebrantable.
Según Gurdjieff, el cuerpo físico se une al cuerpo astral, principalmente, mediante el collar de huesecillos que rodea al cuello, conocido como el “collar de Buda”.
Según Papus, cuando el cuerpo astral ya no está limitado por el cuerpo físico, aunque posee una forma similar al cuerpo físico, se mueve sólo por medio de la sola voluntad y el deseo: basta desear estar en un lugar e instantáneamente estas allí, sin transición entre la partida y la llegada. Es lo que nos contaba Mirra Alfassa (ver Esperanza de evolución de la humanidad) cuando decía que en el nuevo estado consciente no existían causas y efectos, bastaba con el deseo y al instante se producía lo deseado. Los sentidos se transforman en conocimiento con el simple acto de fijar la atención sobre algo: fijo mi intención en un árbol y siento todo sobre él. La intuición verdadera es entonces la fuente de toda sabiduría. Las ideas que se generan toman formas en el plano astral. La luz y el aire son los únicos alimentos del cuerpo astral en tales condiciones. El plano astral es luminoso, debido a la luz desprendida por la infinidad de seres que lo pueblan, nadando en un infinito océano repleto de olas, más ligeras que el aire de nuestra atmósfera, en un continuo flujo y reflujo que arrastra a los seres de menor cualidad astral, a la vez que hace de velo o frontera entre lo terrestre y lo astral. Si algún cuerpo astral se encuentra atraído por un deseo material, ello le provoca una dolorosa tensión que le hace arremolinarse en ese vasto océano hasta que se pierde tal tensión. Esto lo convierte en un purgatorio infalible.
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