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El Yo

El “Yo” es una función que se hace efectiva desde el momento en que el ser que la desarrolla es capaz de verse como un individuo, diferenciado entre muchos. Es la representación mental, confirmada por los sentidos, de la individualidad del ser y es, a la vez, el encuentro con lo que no somos: no somos lo que nos rodea y es externo a nosotros. Por ello el concepto del Yo es a la vez afirmación (Yo soy) y negación (el resto no soy Yo). Es la función que nos separa de la creación y de nuestros orígenes más lejanos. Esta función no existe en el ser al nacer, sino que va creciendo a la vez que crece la consciencia. Se podría generalizar diciendo que es a partir de los siete años cuando se produce le escisión, la diferenciación entre nuestro Yo y lo que no es Yo (la familia, los amigos, la sociedad cercana, el aire que me rodea), surgiendo de un modo casi atropellado del fondo de nuestra mente, como si hubiera alcanzado la masa crítica para explosionar de repente. La aparición del Yo produce una tendencia a la separatividad, a la independencia y a la individualidad. También produce inseguridad por que surge demasiado pronto y repentinamente, en una época en la que el ser humano todavía es un ser demasiado desvalido. Surge como elemento centralizador: todo sucede alrededor del Yo. El mundo parece estar hecho para/contra el Yo y sus necesidades, aunque tan pronto como esto se descubre surgen los inconvenientes: conseguir que el Yo se sienta como un centro requiere de grandes medios para satisfacerlo o, en su defecto, de grandes dosis de resignación; además no suele tener límites si sus requerimientos se van saciando sin esfuerzo. Los requerimientos no saciados pueden:

* ser asumidos como fuera de nuestro círculo de acción quedando el Yo en el centro de un equilibrio inestable, con la sensación de tener pocas aptitudes para sobresalir o escapar de un Yo mediocre,

* frustrarse pasando a otro nivel de la consciencia, por lo que se abandonan ante la imposibilidad de realizarse y quedan como una derrota personal, lo cual requiere del mecanismo de los “topes” (como vimos en La consciencia humana) y de la personalidad, para restar importancia al fracaso y mantener el tipo centrado en nuevos objetivos,

pero en ambos casos el Yo necesita adaptarse a la no consecución, y esto va marcando los límites de la función Yo, de modo a veces dramático. El Yo se identifica con sus objetivos con el fin de engrandecerse lo máximo posible, puesto que cada objetivo alcanzado le sugestiona haciéndole creer que es un logro de su poder de acción y del uso de sus aptitudes. Como para el 99% de la humanidad los requerimientos del Yo están alimentados por deseos materiales, el Yo se identifica con todo lo material, aunque está más que demostrado que es la lucha por el objetivo lo que le engrandece, y que una vez realizado, la permanencia en el nuevo estado pierde interés, pasando a segundo plano y cediendo lugar a nuevos objetivos.

El No Yo es mucho más inmenso y poderoso que el Yo. La fuerza con que nos impresiona el entorno y nuestra debilidad ante él, nos obliga a crear gran cantidad de patrones de enlace o “topes” en la función mental que, a base de utilizarlos muy a menudo, han cogido tal fuerza de interconexión, que no permiten ser variados ni utilizadas sus neuronas para casi nada más, lo cual nos determina grandemente en nuestro comportamiento y nuestra capacidad de nuevas experiencias. No sintiéndonos uno con el Cosmos, definimos al No Yo con un poder tan enorme comparado con el Yo, que nos causa un terror ancestral y pasamos a ser víctimas del Cosmos, en lugar de sentirnos parte de él. La capacidad de enfrentarse valerosamente al entorno, o sin ánimo de ganar todas las batallas aceptando las derrotas, reduce la necesidad de crearse “topes” inamovibles, permitiendo mayor capacidad de experiencia, es decir, mayor conciencia, y mayor capacidad de sentirnos que formamos parte del Todo, que al final es el objetivo del Cosmos. Nos interesa tanto nuestro día a día, y ganar el máximo de enfrentamientos contra el No Yo (por la facilidad de desarrollar la agresividad y el espíritu de oposición), que perdemos el fundamento de nuestra existencia, salvando los inconvenientes de la vida cotidiana a base de “topes”, patrones de enlace inamovibles, que protegen nuestra posición del Yo como un centro del mundo, autoengañándonos siempre que nuestro centro se tambalea y se desplaza. Así conseguimos estar en una aparente posición central dentro del círculo que nos hemos creado (aislado del Todo), pero si perdemos de golpe los “topes” y nuestra personalidad, nos encontramos fuera de sitio, descentrados y en el margen del círculo, sumidos en une expansión que nos produce terror. Esto nos ocurre cuando sufrimos una gran derrota social, como un divorcio, la muerte de un familiar muy querido o una injusticia grave hacia nuestra persona. Entonces nos parece como si toda nuestra vida fuera un gran error. Y es por que es un gran error.

Todo esto explica nuestro comportamiento social, el por qué del conjunto de máscaras (personalidad) que llevamos con nosotros y que hunde al verdadero Yo en el lodo de la materialidad. Todo lo que es No Yo nos hiere, en mayor o menor grado, y por ello tratamos de hacerlo parte del Yo, para evitar que nos siga hiriendo. Y nos hiere por que nuestro espíritu no encuentra realización, desarrollo, expansión en el No Yo. Al negar al espíritu su necesidad de abarcar más materia en la que ejercer su divina conquista, el No Yo se convierte en sufrimiento, un enemigo. De este modo, el cuerpo físico es a la vez válvula de escape y prisión del espíritu, para la gran mayoría de la humanidad, sobreviviendo en un equilibrio tal que el espíritu pugna por expandirse y el cuerpo físico lo frena o lo desencamina, por sus limitaciones materiales.

El Yo de cada encarnación está en continuo desarrollo, pero es muy moldeable, lo cual le impide desarrollarse tal y como el alma había previsto en el estado pre-natal. Aunque está determinado por el carácter de sus genes (o la fuerza del Karma para los hinduistas), también lo está por un amplio abanico de posibilidades externas y la libertad de escoger su centro en el mundo. Por ello, el libre albedrío es en realidad una capacidad en parte predeterminada, limitada en algunos aspectos.

Se producen varios grados de conocimiento durante este desarrollo del Yo. El primer grado, el más básico, se fundamenta en la percepción sensorial aplicada a lo material, que es el único estímulo al que tal percepción es sensible. El segundo grado utiliza para su desarrollo el pensamiento, que da forma al mundo y caracteriza a las percepciones, siendo necesaria para su utilización la capacidad de percibir impulsos del cuerpo etéreo. El tercer grado del conocimiento se desarrolla por el uso de lo que conocemos como la inspiración creadora, que permite imaginar con el pensamiento más allá de lo material y lo objetivo, pero que es muy rara entre la humanidad por que exige ser capaces de tener un cuerpo astral con un grado de desarrollo medio. La inspiración se produce en estados de conciencia vacía, durante los que se deja al cuerpo astral el control de los pensamientos. El cuarto grado, el más elevado grado del conocimiento que se conoce necesita de una fuerza que casi nadie de nuestro mundo conoce en estado puro: el Amor. Esta fuerza nos permite ser uno con nuestro prójimo, sentir como él siente, salir completamente de nuestro Yo para, sin dejar de ser individual, ser humanidad a la vez. Tanto el conocimiento por medio de la intuición como por medio del Amor traen sufrimiento a quien se vale de ellos, pues sacan al Yo de su cuna de algodón que lo mantiene aparentemente feliz y seguro, siendo en realidad un ser vegetativo de la materia. El Yo se queda desnudo en su intimidad, recuperando su esencia, su espiritualidad, como le ocurre tras la barrera de la muerte, pudiendo llegar a parecernos nuestro propio Yo un extraño, si hemos muerto siendo un ser materialista y alejado del Amor.

El humano sin voluntad sólo es capaz de generar pensamientos mecánicos, deseos. Pero el humano que posee un solo Yo ha alejado la actividad discordante de su pensamiento, pues tiene una individualidad que domina a su cuerpo físico y a las tensiones que este genera con su inercia, usando para ello la conciencia y la voluntad, funciones ambas que le hacen libre del azar y de las alteraciones externas. Los topes de los trenes amortiguan los choques entre vagones haciéndolos imperceptibles. Ya hemos visto como somos capaces de crearnos nuestros propios “topes” y con qué fin. Surgen involuntariamente y producidos por las tensiones internas que nos genera nuestra obstinación por permanecer en el centro del mundo. Si no amortiguamos todas esas tensiones no somos capaces de dar un paso en nuestra sociedad. Si observamos a personas de nuestro alrededor veremos cómo se comportan, y que adquieren diferentes “yos” según la situación lo requiera. Lo mismo le ocurre a nuestro Yo: está compuesto de muchos yos que acuden al rescate cuando nos vemos al borde de una situación que nos saca de nuestro amado y seguro centro. Estas tensiones nos privan de seguridad en nosotros mismos, nos debilitan frente a los demás y por ello deseamos destruirlas o esconderlas. Pero somos incapaces de destruir las tensiones sin más, motivo por el que los “topes” nos las ocultan. Lenta e inexorablemente los “topes” brotan en nosotros como setas en el bosque, regados por la educación infantil, los roles sociales y la hipnosis de nuestra falsa felicidad. Nos hacen la existencia más cómoda, sedándonos pero impidiendo el verdadero desarrollo interior del Yo. Porque los mismos “topes” que nos protegen impiden que los golpes nos saquen del estado letárgico en que vivimos. Despertar de ese sueño y verse libre de los “topes” supone un sufrimiento difícilmente soportable, pero la voluntad debe actuar para sobreponerse y mantener ese despertar, que permite una conciencia lúcida y el desarrollo de una voluntad mayor: la voluntad necesaria para ser libre.

Una vez liberado el verdadero Yo resulta que está compuesto de esencia: primitiva, salvaje y pueril. Necesita entonces ser desarrollada esa esencia, libre de hábitos mecánicos, y para ello se requiere de la ayuda de alguien que ya posea un Yo único y adecuadamente desarrollado.

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